¿Dónde se busca la esencia de la vida?


“La vida entera es una sinfonía de sucesivas pérdidas. Uno pierde su juventud y sus padres, sus amores, y por último, su vida. Negar la pérdida significa que, además de perderlo todo se pierde el dominio de sí mismo y la tranquilidad del espíritu”.

domingo, 24 de febrero de 2008

Una Histora como cualquier otra...

El mundo es tan corruptible (primera parte)

La verdad, yo jamás me imaginé terminar involucrado en el maravilloso mundo del rock. Pero el azar del destino nos tiene preparadas miles de intrincadas redes de conexión que nos pueden llevar a lugares y eventos que nunca visualizamos. Inclusive, nos puede llevar a la misma muerte. Pero esa historia sucede mucho después. Por ahora, desempolvo mi memoria y traigo del olvido esa imagen difuminada por mi melancolía.

Puede ser el año 87, tal vez el 88. No soy bueno para las fechas. Por eso me odian mis novias y mis amigas. Por aquellos días era apenas un chiquillo que salía de la infancia, con pocos amigos y nula vida social. Eran otros tiempos donde si se quería conocer a alguien había que dirigir la palabra cara a cara. Nunca he sido bueno para encarar la vida. Observaba desde la ventana de mi hogar, cómo mi hermano mayor se desenvolvía en el mundo de la calle como pez en el agua. Lo envidiaba demasiado. Pero la envidia siempre trae frutos. El mío fue que mi hermano se llenara de infinita lástima por este pequeño ser ignorado y, en un acto de incómoda caridad, me invitara a salir a jugar fútbol en la calle con sus amigos. Sus amigos. ¡Wow! Maravilloso.

La calle era para mí tierra sagrada; lugar inhóspito; tierra de nadie. Ahora la pisaba con descarada confianza. El andén pasaba a ser mío. Bueno, no sólo mío. Pero ya estaba inscrito mi nombre en su superficie. El siguiente paso era que mi rostro se internara en la memoria de aquellos que a duras penas sabían de mi fantasmagórica existencia. Los rostros amables me recibieron, pero sentía que esa amabilidad se traducía en una cierta burla displicente que, en aquellos días, no pude divisar. Era en extremo inocente. Los veía a todos (por que todos eran hombres) muy grandes, mayores que yo. Altos, fornidos, lejanos. Me sentía como esas hormigas que siempre contemplo en las baldosas de la cocina de mi casa. Perdidas, extraviadas, errantes. Siguen el rastro de sus congéneres. Yo sigo el rastro de mi hermano. Pero me conduce a un abismo. No me siento cómodo. Aun así, actúo como controlando la situación y más bien me dedico a lo que me invitaron: a jugar fútbol.

Al final de la tarde, sudoroso, sonriente, crucé mi mirada con un sujeto bastante particular, el cual marcaría mi vida, sin saberlo en aquel momento. Era particular, pues era diferente a todos. Pelirrojo, pecoso, algo encorvado y muy tímido. Nos presentamos y quedamos en que nos veíamos en la noche, para salir a caminar por el barrio. Comenzaba una larga amistad con mi mejor amigo.

Pasados varios meses y después de compartir visiones (cortas visiones, he de decir pues no superábamos los doce años) de nuestras vidas, Carlos me mostró un mundo que nunca había sido percibido por mis torpes sentidos. Se llamaba rock y sonaba duro. ¡Wow! Esto me emociona. Acetatos de Ángeles del Infierno, Barón Rojo, Héroes del Silencio, Kiss, Iron Maiden. Era una visión casi lujuriosa para mis ojos, que empezaban a acostumbrase a unas gafas que me perseguirán hasta hoy. Carlos me decía que quería expresarse como ellos. No me quedaba del todo claro a qué hacía referencia, pero yo, temeroso de perder a alguien que soportaba mi incansable silencio, seguía la cuerda de sus ideas, sin saber a dónde me conducirían.

Las tardes se sucedían entre nuevas sensaciones. Grabadoras desvencijadas con casetes de Testament, D.R.I y otras bandas por el estilo, girando infinitamente mientras nos internábamos en el bajo mundo de los cigarrillos mentolados y los aperitivos vínicos. Todo a escondidas de la maliciosa mirada social. Mientras que nos dábamos gustos banales, Carlos me comentaba acerca de las letras que tenía arrumadas bajo sus zapatos, lugar poco idóneo para guardar sus sentimientos, pero los escondía ahí de las temibles garras de su padre, que pensaba que su hijo era el hijo de Satanás. Apelativo bastante común por aquellos días.

Líricas llenas de sentimientos revulsivos, apasionados, bastante oscuros y melancólicos. Todas ellas llenas de un odio, que en principio mi ignorancia no comprendía, pero que poco a poco me iba develando un mundo bastante pestilente. Una de esas tardes de abandono, después de salir del colegio, nos encontramos en su casa, y ese día me hizo la propuesta indecente: armar una banda.

¡Por Zeus! A duras penas distingo uno de otro grupo que me ha mostrado, tengo oído de pescado y Carlos me dice que armemos una banda. La verdad se me nubló el entendimiento pues no comprendía a ciencia cierta cuál podía ser mi función al lado de él. Me llevó al cuarto trasero, donde guardaban las cosas que caducan y, con una tabla, unos tarros metálicos y unas puntillas, armamos una precaria e improvisada batería. De hecho llamarla batería es bastante osado, pues era una montonera de tarros clavados a una tabla gruesa. Con algunas cucharas de palo y de metal, comenzamos a general nuestro macabro estruendo, mientras que Carlos invocaba el alma de Elkin Ramírez, cantante de Kraken; invocaba la pasión musical de Axl Rose; y sobre todo traía directo desde Inglaterra la majestuosa voz de Bruce Dickinson, modificada a su aun infantil voz. A pesar de todo, era más gruesa que la mía. La mía, por mi parte, invocaba tristeza, eran gritos de niño al cual aun no le cambiaba la voz. Un tono bastante agudo llenaba el cuarto, los oídos de mi amigo y mi alma. Era mi desagradable voz. Ese día tomamos la determinación de ponernos nombres artísticos y de bautizar a nuestra primera banda. La creatividad hace gala con los nombres que surgieron, para al final, quedar así: la banda, así como nuestra primera precaria grabación se llamó Perros callejeros, y nuestros nombres artísticos fueron Caos (mi amigo) y.... yo. Yo. Hmm. Poco creativo ¿no? En fin, así comienza la larga historia de la vida musical de un mortal que soñó con ser grande. Pero esto no termina acá...



El mundo es tan corruptible (Segunda parte)

La última década del siglo veinte comienza para mí con grande cambios en mi entorno. Acabo de conocer el rock de manos de mi amigo Caos y comenzamos un sueño unísono por alcanzar el cielo de nuestros ídolos: Kraken, Iron Maiden, Guns n' Roses. Este es un momento muy particular: acabo de entrar a la adolescencia.

Trascurre el año de 1990.

Ya tenemos armada la batería. Bueno, para ser exacto es una tabla de triplex con unos cuantos tarros metálicos adosados con clavos. Con estos precarios elementos Caos y yo comenzamos el recorrido musical. ¿Música? Bueno, al menos teníamos ese empuje rockero, esa actitud rockera de Axl y Steven, una voz chillona, unos tarros altisonantes, alcohol y... tabaco. En un apartamento en un cuarto piso, en la alcoba que se hace, o hacía, llamar de servicio, allá parábamos todas las tardes después de asistir al colegio, nos encerrábamos (porque el humo y el tufo no podrían delatarnos) y comenzábamos a buscar un orden de expresión musical. Como ya dije, de musical más bien poco.

Lo hermoso de aquellas tardes, unas soleadas y otras pasadas por agua, es que, a Caos siempre le gustó registrar sonoramente todo aquello que hacíamos. Así pues, de este inocente inicio quedó un casete, con dibujos y gráficos de la banda, con un par de "canciones" de aquella época. En los tiempos del ruido es el primer registro sonoro por la persecución de un estilo musical propio. Aclaro que muchos de los nombres asignados a esas grabaciones son de parte mía y se los asigné muchos años después, frente al paredón… que pena, en mi alcoba, en medio de la soledad y la reflexión. En este registro magnético, del cual solo perduran unos cuantos minutos de los perros callejeros, vemos cómo se va a desenvolver la amistad entre nosotros, en la que Caos siempre comandará el barco, mientras yo haré todo lo posible por que no se hunda.

En el mundo exterior, nuestros amigos de barrio nos observaban con ojos acuciosos: los más cercanos, al vernos encerrados todos los días en un apartamento, solos, nos enjuiciaban con términos bastante humillantes para un par de adolescentes mas bien introvertidos (más Caos que yo). Que parecíamos novios, que quién sabe qué es lo que hacíamos en ese apartamento. Así. Cosas así. Yo, fresco. Caos, estresado.

Apartados de aquellos que sólo buscan burlarse de nosotros, nos volvemos anacoretas musicales, recorremos el barrio en soledad, alejados, medio ebrios. Las reflexiones entre el humo del cigarro y la nube de alcohol acerca de lo que queremos lograr con la música nos ilusiona, nos llena de esperanza, perdida en los mares de libros y tareas, de regaños y golpes. Yo tuve mas bien una infancia y adolescencia tranquila, pero Caos sufrió bastante para crecer...

El mundo es tan corruptible (Tercera parte)

Para el año de 1992, Caos y yo estamos untados hasta la coronilla con los nuevos sonidos del rock proveniente del único lugar que creemos que se hace rock: Estados Unidos. Una banda en especial: Nirvana. Gracias a la parabólica pirata instalada en casa de Caos, podemos tener apreciación full color de un mundo bastante ajeno a nosotros: el mundo versión MTV. Nos deslumbramos con los videos donde Kurt Cobain, trepado en una lámpara, hace malabares; donde Eddie Vedder le canta a la negligencia de su país, donde Chris Cornell agita su melena y su ira.

Queremos ser como ellos.

Caos es el primero.

Una larga cabellera pelirroja deslumbra a propios y ajenos.

Para 1993, Caos se perfila como todo un metalero, influenciado por la música de Testament, Sepultura, Slayer, mientras yo me sigo inclinando por los sonidos de Seattle: Pearl Jam, Alice in Chains, Soundgarden. Pero entre ambos un puente: Nirvana. Ese mismo año contactamos a un amigo mío del colegio para que se nos una con su experiencia a la naciente banda, aun sin nombre. Miguel P., guitarrista desde los 10 años, y en ese entonces contando con 16, trae su conocimiento y musicaliza, ya de forma armónica las nacientes líricas punzantes, tristes, llenas de ira y de odio, de Caos. Yo, por ahora le pego a unas cajas con radiografías pegadas para simular el sonido de un tarro. Si hubiera una filmación de este magno evento sería algo así: en una inmensa casada, nos ubicábamos en uno de sus cuartos más olvidados, o algunas otras veces en la sala, por aquello de la acústica, nos echábamos al suelo, Miguel P., con una hermosa guitarra acústica con el diseño de las eléctricas, y Caos, con otra acústica algo guerreada, no muy bien afinada, la falta de oído, pero siempre cargada de actitud. Rasgar y rasgar por un lado. Acordes muy bien elaborados por otro. Y unos golpes fuertes, secos, estridentes, pastosos, por mi lado. Una vez más, Caos aprovecha la situación y graba lo que yo denomino muy humildemente, nuestro segundo demo. En los inicios un casete que tiene un sonido menos crudo, ayudado por el sonido de un instrumento real y bien interpretado y ya con líricas propias. Yo ahí voy remando en canoa. Pero lo hermoso nunca dura. Miguel y Caos tienen diferencias conceptuales sobre lo que es el rock. Y Miguel, con disgusto por sentir que ha desperdiciado su valioso tiempo, se va para nunca volver.

Pero esto hasta ahora comienza...

El mundo es tan corruptible (Cuarta parte)

El tiempo sigue pasando, Caos y yo seguimos midiendo andenes, acompañados de cigarros y licor. La época de las vacas gordas se vive, y nos regodeamos con botellas litro de cerveza Miller y cigarros Yves Saint Laurent. Una arraigada misantropía va brotando con el paso de los días. El barrio donde siempre hemos vivido lo comenzamos a sentir pequeño, ajeno, mínimo. Tal vez han pasado unos cuantos meses, tal vez ya un año, y la presión en mi casa ha dado resultados. Después de presionar a mi padre, accede a comprarme la primera pieza de una batería: el redoblante. Obvio, con unas respectivas baquetas. Digan ustedes que trascurre mediados de 1993. Era –y lo soy- tan obsesivo que por ahí tenía la factura de compra de las primeras piezas, pero por cuestiones de moverme de un lado a otro (y eso que no me he desplazado mucho de lugar habitacional) ha dejado de existir. O eso es lo que creo yo.

A partir de ese día la historia se parte en dos: ya tiene un poco más de sentido la música para nosotros. Caos, embarcado con una guitarra Dean y yo con mi redoblante marca Linko. La Dean de Caos llega también por presión de él sobre su familia. Como raro, nunca me contó a ciencia cierta cómo fue que la consiguió, pero me decía que tenía algo ahorrado de las onces -¿las recuerdan?- y que sus abuelos le ayudarían con lo que le faltara. Al final, y un día que ya no recuerdo de lo lejano que está, Caos apareció con su flamante Dean color madera, degradándose a negro hacia los bordes y su respectivo amplificador. Ah, y el curso de guitarra básico que ya circulaba en su casa desde los tiempos de las guitarras acústicas.

Comenzamos a grabar canciones y canciones, aunque más bien tienen tono de boceto. A Caos (ingenioso en las lides de los nombres) se le ocurre un nombre para nuestro naciente y particular dúo: Karma. ¡Vaya!, ingenio salido por los poros. Realmente con ese nombre poco sonoro para una naciente banda rock-grunge-punk, no duramos mucho. Por ahí existe en los anaqueles de mi olvido un casete con algunos de esos bocetos. Efectivamente se llama Karma… electroacústico. Es una rara pieza ya que por un lado están algunas canciones que luego conformarán el siguiente demo, y por el otro lado, lo que se perfilará en el siguiente.

El tiempo trascurre inexorablemente y para el año de 1994 entro a mi último año de educación secundaria. El año donde botamos la casa por la ventana. Convencimos a un amigo del barrio, David, chico enérgico, de buenos sentimientos, pero carcomido por la calle, para que sacara de su cuarto una guitarra acústica trajinada, golpeada y violada, y se uniera a nuestro primer proyecto demencial de música y sarcasmo llamado SCHIZOPHRENIA (una pequeña dedicatoria de Caos a su banda preferida: Testament) : Después de antes del final es el absurdo nombre de esta grabación realizada en el apartamento de Caos, simulando un manicomio ambulante, entre gritos, gemidos, historias bizarras y...sí, un poquito de música. Un bello recuerdo de la época de adolescente colegial. El final del año 1994 marca todo un hito para mí. El fin del estudio, el principio de la adultez desde la visión de la cédula que todavía no obtenía, y un evento en particular: mi ingreso a las filas del ejército nacional (de un país cosmopolita y facineroso) a través del servicio militar obligatorio. Una marca de un mundo enajenante...

Pero la música no para de sonar, y a principio de 1995 Caos y yo grabamos otro de esos precarios demos con sonidos monótonos pero con la emoción de las letras y las ganas de ver resultado alguno. El poco tiempo que me dejaba el servicio militar lo dedicamos para seguir encerrándonos en el apartacho, ya no en el cuarto de atrás, sino en el cuarto de Caos, que compartía con su hermano –y esa es otra larga historia, la de esos dos-, fumando más cigarros, tomando más vino y pola y componiendo. Pasado pacífico en una futura anarquía es el nombre de ese casete que escucho con una sonrisa en mi rostro en estos momentos. Redoblante y Dean: Es la combinación. Sonidos idénticos entre canciones pero cada cual con letras muy punzantes, que van denunciando el dolor que tiene Caos por vivir. Lo acepto, yo en esos tiempos no le paraba bolas a lo que él cantaba. Yo me concentraba en lo que había que hacer, que era tocar lo mejor que se podía el redoblante para hacer algo así como relleno musical. Pero ese año no dará más frutos...

El mundo es tan corruptible (Quinta parte)

I

Entre el año de 1995 y 1996 cambios algo fuertes suceden, tanto en la vida de Caos como en la mía. Por el lado de Caos, un dolor muy interno le cambia el poco sentido que le había asignado a la vida: meses atrás se enamora de una compañera de colegio, lo trae loco, como nunca antes lo había visto; pero ella tenía su mundo interno en un desorden que solo ella pudo sobrellevar hasta sus últimas consecuencias. Una noche, de algún mes del año 1996 recibo una lánguida llamada de Elsa -abuela de Caos-, con un oscuro mensaje que dice que Caos me necesitaba esa noche. El mensaje fue bastante sombrío, y sin dudarlo un instante, partí hacia su casa. Al llegar, la escena era de total negritud: la hermana de Caos sentada sola en las escaleras que dan al segundo piso; el hermano con botella de aguardiente en la mano, con cara de no saber qué hacer; al fondo, postrado en un sillón, ahogado en dolor, lágrimas y alcohol, Caos. La noticia: Carolina F., novia de Caos se suicidaba 24 horas atrás, lanzándose al vacío del Salto del Tequendama. El alcohol corre desaforadamente en aquel recinto, y no tengo palabras para consolar el dolor de mi mejor amigo, más que estar ahí, de cuerpo presente, dándole a entender que cuenta conmigo. El man me comprende, y aunque jamás tuvimos gestos de esa afectividad de verdaderos amigos, nos hicimos entender. A la mañana siguiente, muy temprano, lo veo de paño y corbata, botas y cresta. Parte hacia el cementerio.

II

La Vecina Miseria.
Comenzar una banda sin instrumentos es una misión que realmente pocos aceptan. Bueno, pues en los días en que mi amigo, que de ahora en adelante es Carlos, y yo comenzamos a afinar el oído fue escuchando cuanto casete y acetato se nos cruzaba por la vida. La vida de barrio era una vida mas bien tranquila, sosegada, un barrio de clase media de mediados de los años 90 en un pais que se removía con atentados y asesinatos. Para este país de pobres corazones, la política ha sido el sentido y el sinsentido de la vida. Con conexiones piratas accedíamos a canales extranjeros, y como buenos primíparos musicales, nuestro favorito era MTV. Si, en los días en que ese canal era bueno. En dicha actividad estuvimos alrededor de dos o tres años. Pasado el tiempo, que es inexorable, Carlos por fin consiguió su primer instrumento: una guitarra acústica heredada de su abuelo. Bueno, era toda una reliquia y aun generaba una que otra nota, concepto que ni él ni yo manejábamos. Lo que existía en nuestras almas era un impulso irrefrenable por expresarnos. Carlos tomó todas sus letras y comenzó a ponerle "música". Como principio de muchos que quieren ingresar al mundo de las bandas, comenzamos con una actitud bastante punk, con riffs cortos, notas sencillas y con la adrenalina en la saliva que flotaba en el aire. Yo, bueno, pues aun con cajas de cartón con radiografías adheridas por uno de sus lados...

Lo que estábamos construyendo era el comienzo de una banda que, en realidad, no tuvo mucho futuro, pero que sirvió para aprender un poco de lo que es tratar de expresarnos con una construcción mutua. Así se nos iba pasando los años de colegio. Por lo menos yo ya estaba en último año, mientras Carlos reprobaba por tercera vez el grado séptimo. En fin. Corría el año 94, un año de cambios y convulsiones. Ese año grabamos nuestro primero demo, en una radiograbadora prestada, con la guitarra acústica y con un redoblante de batería que había logrado conseguirme después de poco comer y de mucho implorar. A nuestra idea se unió otro gran amigo de la infancia. Un man con bastante energía, que los días y los años lo llevarían por escabrosos caminos. En aquel entonces, David también arrojaba bastante adrenalina con nosotros. Fue un instante fugaz. Fue algo bastante hermoso. En 1994 vi el fin de las cosas, la pérdida del sentido de la vida. El mismo canal que me había tentado por seguir un camino desforado, adornado con chicas, licor, perdición, me mostraba también cómo un man, joven, con ganas de decirle al mundo que apestaba, terminaba sus días con el rostro desfigurado, tendido en la sala de su casa, casado y con una hermosa hija. Sentado frente al televisor, con el canal en ese idioma que siempre ha sido ajeno a mí, veía las últimas imágenes de quien ha sido, y es, el modelo de rockero a seguir. Las lágrimas acudieron para quitarme el dolor de cabeza que sentía. No podía creer que alguien que cambió el sentido de ser rockero terminara así. El mensaje era claro. Era mi designio. También debía caminar ese camino.

En 1994 terminé mis estudios de bachiller sumido en la más grande depresión. Tenía que poner mi vida en manos del servicio militar obligatorio. ¡Que asco! La idea de la banda se esfumaba como los cigarros que nos fumábamos en casa de Carlos. Para diciembre de ese año la vida no me importaba. Resignado a un futuro impuesto. La fantasía de la vida como estudiante de colegio, donde se tienen muchas comodidades, donde se es el niño consentido de la casa, el caprichoso, el soñador, el que se ilusiona con grandes sueños... todo eso había terminado. Comenzaba el maldito calvario del mundo real.

Ese día sufrí mi primer cambio en mi vida...

Para comienzos de 1997 me decido a abandonar una carrera universitaria que fue todo un engaño en mi vida. Con bastante dificultas, ya que su costo era irrisorio, huyo de la academia, por primera vez en mi vida, sintiéndome arrojado a la fosa más profunda y nauseabunda. Y el limbo aparece frente a mí con toda su magnitud. Aun así la incertidumbre me trae un presente debajo del brazo. Pasado un tiempo, puedo ingresar a mi primer (y hasta ahora único) curso de batería. La felicidad se me escapa por los poros. Y mejor aun, pasado un mes, llega por fin...¡¡¡por fin!!!.......¡la condenada batería! ¿Cómo llegó? Bueno, hubo un tiempo en que mi vida fue una vida holgada, pequeñoburguesa, de colegio privado, de comodidades, pues una de ellas fue la condenada batería.

Caos y yo enfilamos hacia el inicio de una banda rock en serio. Caos saca de sus gavetas el arrume de letras que ha cocinado después de sus días oscuros, durante muchos años. Desempolva la Dean y, en un cuartico húmedo de mi casa, en el que ya habíamos estado dándole a los ritmos discordes de Caos y Miguel P., nos encerramos días y noches a la construcción de canciones, de sueños, de un futuro soñado por ambos desde hace 7 años. El viaje ha sido bastante difícil, pero se comienza a abrir una nueva puerta que nos llevará a nuevas experiencias.

III

Los nuevos tiempos, la actitud renovada, los nuevos instrumentos, nos conducen a bautizar nuevamente este momento. Así que Caos y yo grabamos nuestro primer demo como dúo, llamado El primer demo, y pues la banda estrena un nombre que nos acompañará en momentos históricos: La Vecina Miseria. El demo es una combinación de grabación en cuarto y en vivo –de lo cual hablaré después-, refleja el progreso que hemos tenido después de varios años de escuchar grandes cantidades de música y haberle pegado a muchos tarros y al redoblante, el cual, en el camino, tuvo que ser vendido antes de la llegada de la Byscaine.

Es el inicio de un sonido propio, con vigor, muy punk, muy rock, con visos metal gracias a las influencias musicales de Caos. A este tren se sube un amigo de la infancia, artista, al que, Caos con gran labia, logra convencer para que, sin conocimientos musicales, compre un bajo con su respectivo amplificador. Pero antes que él llegara, pasa pr la banda un bajista de cuyo nombre no recuerdo y así me esfuerce, no lograré recordar, pero lo que sí recuerdo es que su bajo bastante desafinado, nos acompañó por unos cuantos ensayos, hasta que nos aburrimos del dichoso bajista pero no de su bajo. Así que, en principio, convocamos a nuestro amigo artista para que improvisara con dichas cuerdas desafinadas. De ahí nacerá el en vivo.

Andrés se une a este magno proyecto que busca conquistar el débil mercado del rock en este país redondo y soñador. Se forja un estilo muy propio, con letras y sonidos que marcan el estilo propio de La Vecina Miseria. Durante su efímera existencia, realizamos dos toques enérgicos pero devastadores. Con una sonrisa en mis labios recuerdo la primera: era en un salón comunal de uno de esos muchos barrios céntricos de esta ciudad. El motivo: proselitismo político, y el cliché de la banda rock como símbolo de juventud del iniciado en las leyes. El resultado: cinco personas de avanzada edad, de sombrero y ruana, con grandes sonrisas dibujadas en sus rostros, sentados en primera fila, viendo a tres dementes algo alcoholizados hacer ruido con instrumentos que no son de su generación. Al final, sólo quedó un mar de alcohol y un paseo en Wolkswagen.

El segundo toque va por el mismo corte: más política. Y hago énfasis en que ni Caos ni Andrés (el bajista) ni yo teníamos posición política, pero ahí andábamos, todo por el espacio, el espectáculo, la vitrina. El resultado fue más favorable que el anterior. Al menos nos vieron los amigos de barrio, aunque a Caos se le hayan olvidado las letras por su excesiva borrachera o a Andrés no le haya sonado el bajo o yo simplemente tocaba la batería porque no escuchaba ni mierda más. Ese día, otro paseito en Wolkswagen.


IV

Pero les debo aquel en vivo. El año 1997 se funde con el de 1998. En uno de esos, y aun con el bajo desafinado del bajista que no queríamos ver, tomamos todos los elementos y nos trasladamos hacia la casa de Andrés, nos instalamos en su garaje-taller, adecuamos el espacio con sus pinturas y sus bocetos y sus esculturas, luz tenue y lleno total. Gran cantidad de amigos de barrio y otros tantos que no conocíamos estuvieron en tan magno evento. Nos instalamos desde temprano, tal vez las 2 de la tarde, tocamos el repertorio una vez ante 5 personas, pero esperamos a la complicidad de la noche. Y una vez más, alicorados con brandy, descargamos la furia del punk encerrado en aquel garaje. Cinco canciones eléctricas (la guitarra se jodió) y otras tantas acústicas no registradas, fueron el clímax de aquella noche.

V

Ya con un bajo Jackson azul metalizado, hermosísimo, nos dedicamos a perfeccionar las canciones que Caos y yo teníamos montadas. Muchos ensayos y muchísimo licor. Botellas de vino en cantidades, ensayos muy fructíferos. Otros tantos paseos en Wolkswagen, tomados, tocados, bareta y perico surgen con toda su fuerza. Los días pasan y la tensión entre Caos y Andrés crece. Hay rivalidades por quien canta, por la importancia del sonido, por la composición de los bajos. Los últimos grandes momentos juntos los vivimos en dos instantes que recuerdo con nostalgia.

Después del segundo toque proselitista politiquero, los tres caímos en una depresión infinita por todo lo acontecido aquella noche. Así que, después de recoger los instrumentos y guardarlos, compramos una botella de vino barato y en alguna esquina del barrio nos sentamos a hablar de muchas cosas y de nada. Como raro, el amor salió a flote. Y después de mucho divagar, nació la mejor letra de La Vecina Miseria, perdida en algún rincón de la nada. Por qué se acabó tu amor por mí. Al día siguiente la musicalizamos, y considero que fue la mejor canción que los tres pudimos hacer.

Días después, y ya alejados Caos y Andrés, nos veríamos de nuevo para grabar un jam session, que quedó en un casete que conservo, sin nombre ni título ni nada. Miseria. Es lo único que dice.

VI

La ilusión duró poco, y algunos roces entre Caos y Andrés terminan con la deserción de nuestro magnífico bajista. La Vecina queda a la deriva y al final, y después de un Angel en el bajo que duró un ensayo, y la grabación de dos canciones registradas en el siguiente demo, La Vecina Miseria desaparece...

El mundo es tan corruptible (Sexta parte)

Los días siguen su inexorable paso. Caos y yo nos seguimos viendo en el plan alcoholizable nada más. De vez en cuando sale a relucir el tema de volver a armar una banda, pero tanto él como yo estamos golpeados por una cadena de fracasos que nos desmotiva y simplemente terminamos midiendo las calles con nuestros pasos.

De los días comunes no les cuento porque son iguales a los suyos, querido lector.

Así que, sin darnos cuenta, pasaron tres años largos, hasta que, después de muchos cigarrillos, muchas botellas, y muchas hojas escritas, arrancadas y guardadas, Caos y yo emprendimos de nuevo la ruta del rock. Para esta ocasión acudimos a los medios masivos de comunicación para conseguir, en este caso, cantante y guitarrista, pues Caos, reflexionando en ese tiempo, decidió tomar la ruta de las cuatro cuerdas. Un bajo Fender sencillamente espectacular.

No pasó mucho tiempo cuando llegaron dos chicos con gran energía, muy grunge, con actitud, pero a Caos no le cayeron muy bien que digamos. En sus términos, ellos querían que nosotros fuéramos "sus" músicos. Cuestión de perspectivas.

Días más tarde, apareció un man, también bastante grunge, aunque lo que a Caos le llamaba más la atención a Caos era la novia de aquel sujeto. A mi juicio, el man tenía verraquera para cantar, pero mas bien poco de afinación (y no es que yo quisiera un cantante lírico para una banda grunge). Al final, y con la estúpida vergüenza que siempre nos perseguía, le sacamos el culo. Así éramos. Rockeros e inmaduros.

No pasaron mas de dos días cuando a nuestro aviso respondió una mujer (1).


(1) Aquí hago un salto temporal para comentar que no era la primera mujer que hacía sus pinitos con nosotros, pues en los tiempos de La Vecina Miseria, pasó una mujer que causó todo un revolcón entre Caos y yo. A Caos en esa época se le metió en la cabeza que debíamos tener una mujer cantante, y pues a mi no me parecía descabellada la idea. Y efectivamente, gracias a anuncios en radio, apareció una. Cantó dos veces y luego se cuadró con Caos y luego lo que hacían era revolcarse en el cuarto de ensayo mientras yo escuchaba música en mi alcoba.


Pero volvamos.

Aquella mujer, Angélica, chica joven, seria e iniciática en el mundo de las bandas. Le dimos la oportunidad y ella respondió de una manera muy madura. Tal vez nos sobrepasó en este punto. Con entusiasmo y con una guitarra en principio sin cuerpo, pero que, con los accesorios de Caos terminó sonando con cuerpo, nos fuimos amoldando, nos fuimos desempolvando, y la banda comenzaba a forjar una identidad. Los ensayos progresaban con éxito y las canciones que salían eran de buena factura. Así que, al haber tenido cambios internos (Caos y yo), decidimos no usar más el nombre de La Vecina, para darle paso a Calle C. La actitud no había cambiado mucho. Cigarros, trago y rock en los ensayos, pero la música había tenido un giro interesante. Sonaba con más personalidad, con más proyección. Pero...


Pero....


En toda historia siempre hay un pero, y esta no es la excepción.

Caos se aburría en los ensayos. Nunca lo dijo, nunca lo manifestó, pero verlo recostado contra la pared mientras tocábamos Ayuda para allá o tal vez la muy buena Musi k, a mi realmente me deprimía, mientras Angélica, con su actitud seria y de invitada a la banda, no opinaba. Yo, callado con mi estúpido silencio reprimido que no servía para un culo. Después de varios ensayos, de grabar un demo casero, yo entré en estado de shock. Caos me contó como quien no quiere la vaina, que le estaba endulzando el oído a Angélica, pero que ella le había dicho rotundamente NO. Eso lo mantenía más desmotivado aún.

Yo no soporté más y, con la dificultad de un reprimido que se decide a hablar, le dije a Caos que era hora de separar caminos. Que ya habíamos caminado juntos por once años y que era hora de experimentar nuevas fronteras. Caos entró en un estado de depresión bastante fuerte por mi decisión. Pero ya estaba tomada.

Desde la distancia del espacio y del tiempo, hasta cierto punto, me arrepiento de esa decisión. Pero no todo fue malo...


Mi camino lo tomé colocando un anuncio donde me ofrecía como baterista para alguna banda rock que necesitara baterista con experiencia. El anuncio lo puse en radio, y bueno, dio resultado.

Para mediados de agosto de 2001, conseguía una banda. Ellos se hacían llamar Supositron. La cosa no empezaba como yo quería.

Supositrón era una banda de universidad privada de estrato alto, donde casi ninguno sentía ese fervoroso impulso por el rock, donde se espera sexo y drogas y fama y diversión. No. Ellos lo hacían porque no tenían nada más que hacer.

Un par de toques, unos cuantos cassetes grabados. Un prospecto de demo mal hecho para participar al festival Rock al parque, y, como buena banda de rock de estas latitudes, se fue disgregando por diferencias irreparables, hasta que un día sencillamente renuncié.

De esta experiencia quedó una amistad que más adelante vendría a marcarme nuevamente el rumbo...

El mundo es tan corruptible (séptima parte)
...Supositrón.

La verdad ese no era nombre para una banda de rock. Tal vez para un circo que le rinda culto a Onán. Pero nada más. Mi paso por aquella banda la registro fugaz en mi mente. Así que pasó...

Mi vida personal se había vuelto un completo infierno. Mi familia y yo perdimos la casa producto de la maldita burocracia. Mi abuela había muerto hacía poco. Me estaba hundiendo irremediablemente en la peor de mis oscuridades. El licor ya no era el pasante de momentos suaves. El licor era ese fluido en el cual ahogar mis penas, pero mis penas aprendieron a nadar. El hueco se hacía cada vez más grande. En mi alma y en mi hígado. Ya nada me importaba. No tenía ni idea de qué era la vida de Caos, creo que ya habían pasado dos o tres años y nada de signos de vida de él. En medio de tan patética situación, recibí un correo electrónico de un sujeto que me sonaba su nombre, pero que no recordaba muy bien de dónde lo había conocido. Él se encargó de refrescarme la memoria: era aquel guitarrista enérgico y algo "diferente" de Supositrón, que fue expulsado sin yo comprender del todo las razones. El sujeto en cuestión era Raul C. El negocio: montar una banda punk.

Yo dije que sí.

(En ese momento recordé los inicios con La Vecina Miseria y pues sentí nostalgia por los momentos vividos)

La primera condición fue algo intempestuosa: teníamos un sólo ensayo para preparar la primera presentación de la banda. Yo sentí cierto vértigo, pero eso no me importó. Me monté al carrusel del punk. La banda ya tenia un corto reconocimiento en el ámbito neo de la ciudad. Su nombre: Fat Bastards. Bueno, hay que aceptar que yo era el más delgado -y bajito- de la banda, aunque el trago ya había hecho estragos en mí.

Tuvimos un primer ensayo agobiante. Muchas canciones en poco tiempo. Pasó la semana y llegó el primer toque. Los nervios me tenían tullido y al sentarme en la batería olvidé casi todas las canciones. Al final, un éxito, no rotundo, pero sí éxito. De ahí en adelante se sucedieron una gran cantidad de presentaciones en la ciudad, pero fue una de las dos presentaciones que hicimos fuera de la ciudad. Fue el toque en Villavicencio (bastantes pistas para ubicar la ciudad posmoderna), en un pequeño bar en una ciudad de clima de 40 grados. El bar, no se, ahogaba. El éxito: rotundo.

Ese ha sido el día más alegre en mi carrera como baterista.

Aquel día firmé autógrafos y me sentí como un maldito rock star.

Después de aquella presentación...



... todo fue decayendo. Los ánimos cambiaron, y las constantes peleas entre bajista y guitarrista (y aclaro que la banda éramos tres) me llevaron a la depresión.

Con ellos hice la mayor cantidad de toques, con ellos estuve grabando dos canciones en estudio, con ellos viajé fuera de la ciudad posmoderna. Pero ellos fueron el motivo de mi deserción.

En lo que yo llamo el último toque les anuncié mi retiro. Les vi la cara de frustración. Creo que no se imaginaban la mía.

Eso sucedió un día de noviembre del año 2003.

Trece años en busca del momento de gloria. Y puedo decir que lo encontré, en una escala reducida, si me comparo con los grandes rockeros. Y así como llegó, hice que se fuera.

El mundo es tan corruptible (Octava parte)

Para enero de 2004 mi vida musical sencillamente no existía. Un par de intentos fallidos de hacer parte de unas bandas que, una pecaba por defecto y la otra por exceso. De ahí en adelante un limbo en el cual me dediqué (no por gusto sino por necesidad) a dar clases de batería. Pero el mundo da muchas vueltas y en uno de esos giros, después de muchas caídas y raspones en las manos y las rodillas, por fin caí de pie.

Después de dejarme arrastrar por los ríos de color púrpura y caer en abismos sin fondos, he encontrado la gente idónea para construir el paraíso musical. La banda aun no tiene nombre (o por lo menos yo no le conozco uno) pero hay ganas, hay talento, hay energía, hay buena vibra y hay un largo camino para construir lo que cada cual busque con una banda de grunge. Porque el principio y el fin, Alfa y Omega se unen cerrando el círculo de la vida y la muerte.

Soy hombre de poca fe, pero creo ciegamente en el proyecto en el que me he embarcado. De acá espero tomar el impulso necesario, el último impulso (pues ya no me queda energía para un nuevo comenzar) para ir directamente al fondo de las circunstancias. Hay que volver a los días de toques y cerveza y alegría en el escenario y demos y grabaciones en estudio y ensayos donde la actitud predominante es la tranquilidad. Donde lo que buscamos es divertirnos, porque el rock es para divertirse.

La banda no tiene nombre, pero sus integrantes sí. Alejandro, Rafael, Alberto y este, su servidor desde hace un tiempo, buscando la afinación adecuada, las letras justas, el sonido que nos defina, que nos identifique, que hable por nosotros.

¿Será sospechosa tanta alegría en mis palabras?

El mundo es tan corruptible (novena parte)

La alegría siempre es sospechosa. La banda, cuando llego, ya tiene un nombre: Dragon Truck Motel. Su lugar de origen: Zipaquirá. Este dato es relevante ya que, después de una cantidad considerable de ensayos en casa de Beto (bajo), alquilando batería al vecino y ensayando durante varios domingos de sol a sol, nos presentamos dos veces en un concurso de bandas de rock en la mencionada ciudad. En ninguna de las dos ocasiones llegamos a la final, pero debo decir que la experiencia fue muy agradable.

Además de estas presentaciones, tuvimos otro par, una en la lejana población de Guachetá, donde mi estado anímico tocó fondo y otra en la Escuela Superior de Administración Pública, en la Gran Capital. En esta última tuvimos buena acogida dentro de los asistentes. Hubo energía y actitud. Que siempre es lo que debe de tener una banda de rock.

La alegría es sospechosa porque, comenzó a pasar el tiempo y los ensayos se dilataron en el tiempo. Cada vez fueron más infrecuentes, hasta el punto que pasaron meses enteros. Recientemente hemos intentado retomar el rumbo de las notas, con cambio de nombre incluido, pero la distancia siempre deja huellas profundas. El vigor que existía al inicio (a mi llegada) parece extinto, y si nos vemos es más por reavivar un fuego que parece fatuo.

Mientras tanto, y sin querer queriendo, una banda se me atravesó en el camino. Un grupo de tres mujeres (Agonía musical) desparchadas y estudiantes de Licenciatura en Artes, de paso por el mundo buscando quien le pegara a los tarros. Bueno, por ahí les he estado colaborando con la causa, pero es un camino que tampoco tiene un perfil claro, por razones similares a las de DTM.

Mientras observo la hora, me doy cuenta que ya son veinte años de estar montado en el bus del rock. Desde los días del cuarto de aseo, con cajas y tarros de leche en polvo hasta hoy. Un camino que me ha traído experiencias que no se pueden vivir dentro de otros ámbitos, y eso lo agradezco infinitamente, agradezco el hacer parte del revitalizante mundo del rock. Por eso me la paso diciendo que “el rock salvó mi vida”. Porque no podía ser de otra manera. Mi mente no puede asimilar otra forma de ver y vivir los días y las noches. Son los riffs de las guitarras, la densidad de los bajos, el golpeteo de las baterías y los fuertes gritos de las voces lo que le da sentido a mi vida. Pero, todo parece indicar que nuevamente he llegado a una pausa en ese camino, al menos en el de la interpretación y la composición. 2009 comienza con algunos pocos sonidos pero también con un sentido de soledad musical. Ante la incertidumbre de lo que pueda pasar mañana, guardo silencio y observo lo que pueda pasar. Porque vivir el rock es vivir el día de hoy. Sólo el día de hoy.

2 comentarios:

Natalia dijo...

Y qué más? Me vas a decir que desde ese día hasta hoy no ha pasado nada más, pues? Ve y a propósito qué pasó con la página de la banda?

DV dijo...

A estas alturas no sé quién eres ni si aun existes. Han pasado cosas pero las pasé a otros lugares. ¿Banda? Llevo más de 15 años sin banda.